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28 de noviembre de 2016

El crecimiento sostenible es el único camino realista

Imagen: REUTERS/Kai Pfaffenbach
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

Hoy la gran decepción de la economía mundial es la baja tasa de inversión. En los años que precedieron a la crisis financiera de 2008, el gasto en vivienda y en consumo privado fue el motor del crecimiento en los países de altos ingresos. Cuando estalló la crisis, los dos tipos de gasto se desplomaron, y las inversiones que deberían haber ocupado su lugar nunca se materializaron. Esto debe cambiar.

Después de la crisis, los principales bancos centrales del mundo trataron de revivir el gasto y el empleo recortando las tasas de interés. La estrategia funcionó, hasta cierto punto. Al inundar los mercados de capitales con liquidez y mantener deprimidos los tipos de interés del mercado, las autoridades alentaron a los inversores a impulsar una suba de las cotizaciones de acciones y bonos. Esto creó riqueza financiera en la forma de plusvalías, al tiempo que estimuló el consumo y (por la vía de las ofertas públicas iniciales) algo de inversión.

Pero esta política llegó al límite, y generó costos innegables. Los tipos de interés nulos o incluso negativos alentaron a los inversores a pedir prestado con fines altamente especulativos. Esto llevó a que la calidad general de las inversiones disminuyera y aumentara el apalancamiento. Cuando los bancos centrales finalmente restrinjan el crédito, habrá riesgo real de una importante desvalorización de los activos.

A la par que la política monetaria se llevaba al límite, faltó un aumento de la inversión a largo plazo en trenes de alta velocidad, rutas, puertos, fuentes de energía no contaminantes, saneamiento y potabilización del agua, salud y educación. Pero en general, en los países de altos ingresos hubo una reducción de este tipo de inversiones, debida a las medidas de austeridad fiscal (que obstaculizaron la inversión pública) y a una gran incertidumbre respecto de las políticas públicas y la tributación internacional (que obstaculizó la inversión privada).

A pesar de las promesas del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, de invertir en trenes de alta velocidad y otras infraestructuras modernas, durante los ocho años de su presidencia no se tendió ni un kilómetro de vías férreas rápidas. Es hora de convertir las palabras en acciones (en Estados Unidos y el resto del mundo) y dar inicio a una nueva era de inversión masiva en desarrollo sostenible.

Esta estrategia demanda resolver tres desafíos: la identificación de los proyectos correctos; la elaboración de planes complejos que involucrarán a los sectores público y privado (y muchas veces, a más de un país); y cómo estructurar la financiación. Para tener éxito, los gobiernos tendrán que ser muy eficaces en la planificación, presupuestación e implementación de proyectos a largo plazo. China demostró en los últimos veinte años que tiene estas capacidades (pero con grandes falencias en materia medioambiental), mientras que Estados Unidos y Europa tuvieron problemas para avanzar. En tanto, los países más pobres a menudo ni lo intentaron, por recomendación del Fondo Monetario Internacional y otros organismos.

Hoy los gobiernos tienen algo a favor para superar al menos uno de los desafíos clave: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París sobre cambio climático pueden ayudarlos a elegir los proyectos correctos.

El mundo necesita inversiones masivas en energía no contaminante (junto con detener la construcción de nuevas centrales termoeléctricas a carbón) y en la adopción de vehículos eléctricos (y baterías mejoradas), más una rápida reducción del uso de vehículos con motor de combustión interna. Los países en desarrollo, en particular, también necesitan grandes inversiones en proyectos de saneamiento y potabilización del agua en áreas urbanas de rápido crecimiento. Y para los países de bajos ingresos es fundamental ampliar los sistemas de salud y educativos.

La iniciativa “un cinturón, una ruta” de China (que busca vincular Asia con Europa mediante redes de infraestructura modernas) ayudará a promover algunas de estas metas, siempre que los proyectos se diseñen pensando en un futuro de energía no contaminante; impulsará el empleo, el gasto y el crecimiento, especialmente en las economías eurasiáticas sin salida al mar; y puede revitalizar las relaciones económicas y diplomáticas entre la Unión Europea, Rusia y China.

África necesita con urgencia un programa similar. Si bien los países africanos ya identificaron inversiones prioritarias en electrificación y transporte, el progreso será lento si no se cuenta con una nueva ola de fondos para invertir.

El conjunto de los países africanos debería invertir en infraestructuras al menos cien mil millones de dólares más al año; y sólo en educación se necesita un incremento anual algo inferior (del orden de un dígito menos). Estas necesidades deberían cubrirse sobre todo con préstamos a largo plazo y a interés reducido otorgados por China, Europa y Estados Unidos, además de movilizar el ahorro a largo plazo de los países africanos (por ejemplo, mediante la introducción de nuevos sistemas de pensiones).

Estados Unidos y Europa también necesitan grandes programas de infraestructura nuevos. En Estados Unidos (donde el último gran proyecto de infraestructuras, el sistema nacional de autopistas, concluyó en los setenta) hay que hacer hincapié en invertir en energía limpia, trenes de alta velocidad y la adopción masiva de vehículos eléctricos.

En cuanto a Europa, su programa para los ODS debería ser el Plan de Inversiones de la Comisión Europea (apodado “Plan Juncker”, en referencia a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión). Por ejemplo, la UE debería concentrarse en crear una red paneuropea de transmisión de energía limpia y en un aumento masivo de la generación de energía a partir de fuentes renovables.

Para ayudar a financiar estos programas, los bancos multilaterales de desarrollo (como el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Africano de Desarrollo) deberían aprovechar los bajos tipos de interés actuales para tomar muchísima más deuda a largo plazo en los mercados de capitales, y luego prestar esos fondos a gobiernos y entidades de inversión público‑privadas.

Los gobiernos deberían gravar el carbono según un esquema gradualmente creciente, y usar lo recaudado para financiar las energías limpias. Y hay que resolver las lagunas notorias del sistema global de tributación corporativa, lo que permitiría aumentar unos 200 000 millones de dólares al año (o más) la recaudación mundial del impuesto a las corporaciones. (Hoy las empresas estadounidenses están sentadas sobre casi dos billones de dólares en fondos offshore por los que en algún momento deberán tributar.) La recaudación adicional debería asignarse a nuevas inversiones públicas.

Para los países más pobres, buena parte de la inversión necesaria debe proceder de un aumento de las ayudas oficiales al desarrollo. Hay varios modos de generar los fondos necesarios: reducir el gasto militar (lo que incluye poner fin a las guerras en Medio Oriente); un firme compromiso contra una nueva generación de armas nucleares; que Estados Unidos recorte el gasto en bases militares en el extranjero; y evitar una carrera armamentista entre Estados Unidos y China, por medio de una mejora de la diplomacia y la cooperación. El dividendo de paz resultante debería canalizarse hacia la atención de la salud, la educación y la inversión en infraestructuras en las regiones hoy azotadas por la guerra y la pobreza.

El desarrollo sostenible no es un mero deseo ni un eslogan: es el único camino realista hacia el crecimiento y la creación de empleos a escala global. Es hora de darle la atención (y las inversiones) que merece.

Jeffrey D. Sachs
Profesor de Sustainable Development, Columbia University
Foro Económico Mundial
01 Noviembre 2016

13 de noviembre de 2016

Acuerdo de París: ¿salvación para el clima global?

Este viernes (04.11.2016) entró en vigor el Acuerdo de París sobre el Cambio Climático. Ahora, los 97 países que lo han ratificado deberán emprender las medidas necesarias para la protección climática. ¿Qué cambiará?


Hace menos de un año, 195 países aprobaron un acuerdo climático global en la Cumbre del Clima de París (COP21) con el fin de limitar el calentamiento global a dos grados centígrados, de ser posible incluso a 1,5 grados, en comparación con los niveles de la era preindustrial.

Este viernes (04.11.2016) entró en vigor el acuerdo climático de la ONU, que hasta ahora han ratificado 97 países, entre ellos los mayores pecadores del clima como China, Estados Unidos, la UE e India. El hecho de que haya sido ratificado por tantos países en tan poco tiempo es considerado un hito histórico en la política climática.

¿Cuál es la meta del acuerdo?
Para limitar el calentamiento global a 1,5 grados, es necesario reducir las emisiones de gases de efecto invernadero. El dióxido de carbono es liberado con la quema de combustibles fósiles y la tala de bosques. Este gas es responsable de un 72 por ciento del efecto invernadero. Para limitar el calentamiento global a un máximo de dos grados, se debe poner fin al abastecimiento energético a base de carbón, petróleo y gas hasta el año 2050.

El metano y óxido de nitrógeno (N2O) provocan un cuarto del calentamiento global. Una menor producción de carne y lácteos, así como un menor uso de fertilizantes, ayudarían a reducir las emisiones de estos gases. También a través de la reforestación se pretende combatir los gases de efecto invernadero, ya que los árboles absorben CO2, almacenándolo en la madera.

Sin embargo, el acuerdo climático de París no contempla la contaminación provocada por el transporte aéreo y marítimo internacional. El transporte aéreo es responsable de más de un cinco por ciento del efecto invernadero, el transporte marítimo de cerca de un tres por ciento.

¿A qué se han comprometido los países?
Con el tratado climático de la ONU, los países se comprometen a limitar sus emisiones de gases de efecto invernadero. No obstante, cada país tiene diferentes metas climáticas: la Unión Europea, por ejemplo, se compromete a reducir hasta 2030 las emisiones de estos gases en un 40 por ciento comparado con los niveles de 1990. Estados Unidos aspira a una reducción de entre un 26 y un 28 por ciento hasta 2025 comparado con los niveles de 2005.

Otros países, como China y Marruecos, apuestan por el desarrollo de las energías renovables. Puesto que los países industrializados son los principales responsables del cambio climático, a partir de 2020 deberán pagar 100 mil millones de dólares anuales a países más pobres, para que éstos puedan emprender medidas para la protección del clima y desarrollar las energías limpias.

No obstante, según informaciones de la Secretaría Climática de las Naciones Unidas, las metas nacionales no son suficientes para limitar el calentamiento global a 1,5 o 2 grados. De acuerdo con cálculos del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK, por sus siglas en alemán), incluso si se llegaran a cumplir todas las metas, la temperatura global probablemente aumentará entre 2,4 y 2,7 grados a finales del siglo.

¿Punto de inflexión para el planeta?
La Secretaría Climática de la ONU se muestra optimista y está convencida de que en los próximos años se desarrollará una dinámica que aliente a los países a perseguir metas climáticas más ambiciosas.

Según pronósticos de investigadores del PIK, con un aumento de la temperatura global de 1,5 grados, todavía podrían sobrevivir algunos arrecifes de coral y el nivel del mar probablemente "solo” aumentaría 40 centímetros hasta el año 2100.

Un aumento de dos grados, en cambio, significaría la muerte de todos los arrecifes, así como sequías, lluvias y hambrunas más fuertes. El nivel del mar aumentaría 50 centímetros hasta 2100 y, como consecuencia del deshielo de los glaciares, entre 1,5 y cuatro metros hasta el año 2300.

Esto tendría consecuencias devastadoras para regiones costeras en todo el mundo, como los Países Bajos, Bangladés, Venecia, Nueva York, Tokio y Sídney.
Los pulmones de la Tierra
Así se denomina a los bosques por su función relacionada con la producción de oxígeno y la captura del dióxido de carbono. Esto logra mejorar la calidad del aire que respiramos al purificar las capas bajas de la atmósfera. El equilibrio entre los gases es fundamental para impedir el calentamiento del planeta.
Un regalo para la vista
En los lugares más hermosos siempre hay magníficas panorámicas. Y es que cuando hay naturaleza de por medio, la inmensidad y la vasta gama de colores que ofrecen a la vista son como un regalo caído del cielo. De hecho, se dice que los bosques son curativos y ayudan al fortalecimiento de la resiliencia.
Una simbiosis perfecta
Los bosques están por todo el planeta y cambian en función de la zona geográfica. Se adaptan al invierno, al clima tropical y a las influencias oceánicas. Sin embargo, lo que siempre hay en todos y nunca cambia es su relación con la biodiversidad. En una simbiosis perfecta, cobijan, alimentan y protegen a todo tipo de ser vivo, sin importar de qué tipo sea ni de dónde venga.
Consumidos por el fuego
Cuando se habla de incendios, normalmente no se hace referencia a los que se producen de manera natural, sino a los que son provocados. Un 65 por ciento de los incendios forestales son provocados por el ser humano. Las razones varían: desde la quema de pastos hasta la piromanía, pasando por la especulación de tierras o madera.
La deforestación avanza sin control
Poco a poco, pero destrozándolo todo a su paso. La deforestación por la tala indiscriminada de árboles es un mal que afecta seriamente al planeta. No sólo por las emisiones de gases que produce, sino también por la amenazada biodiversidad que pierde su hábitat. El caso del aceite de palma y los orangutanes es un ejemplo claro.
El capricho del hombre
Como siempre, la acción del ser humano tiene sus consecuencias para el entorno que le rodea. Y no tienen por qué ser directas. En muchas ocasiones el capricho del hombre, como llevarse un animal consigo, puede llevar a graves resultados. En este caso, el castor fue introducido en el Parque Nacional de Tierra del Fuego y ahora ahoga los árboles con sus represas.

Autor: Gero Rueter
Deutsche Welle
04 Noviembre 2016