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28 de noviembre de 2016

¿Es el impuesto de Suecia sobre la "cultura de lo desechable" la solución para reducir los desechos?

Imagen: REUTERS/Bob Strong/Files
Para combatir su "cultura de consumo desechable", Suecia anunció exenciones tributarias a las reparaciones de vestimenta, bicicletas, heladeras y lavadoras. En bicicletas y vestimenta, el IVA se ha reducido del 25 % al 12 % y, en electrodomésticos, los consumidores pueden reclamar la devolución del impuesto a las ganancias de la persona que realiza el trabajo.

Estos incentivos están destinados a reducir el impacto ambiental de las cosas que compra la gente en Suecia. El país tiene objetivos ambiciosos para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero, pero ha descubierto que el impacto de las elecciones del consumidor en realidad está aumentando.

Se espera que el plan cueste al estado alrededor de 54 millones de dólares en pérdida de impuestos, que serán más que compensados por los ingresos de un nuevo impuesto sobre los productos químicos nocivos de los electrodomésticos. Además, la economía de Suecia está creciendo fuertemente y el gobierno cuenta con un superávit presupuestario de 800 millones de dólares.

Entrevisté al hombre detrás del proyecto, el ministro de mercados financieros de 45 años Per Bolund, miembro del partido Verde y biólogo de formación. Habló acerca de alentar a la gente a tomar mejores decisiones, creando empleos para trabajadores manuales calificados, y una jornada laboral de seis horas en Suecia.

Estas exenciones tributarias ¿serán lo suficientemente grandes como para cambiar los hábitos de la gente?
Creo que muchos de nosotros hemos tenido una bicicleta rota que no reparamos y luego comenzamos a usar otros medios de transporte. Esto incrementará la cantidad de empresas que brindan estos tipos de servicios, de modo que será más fácil para los consumidores contar con artículos reparados.

Y a veces puede sorprender cómo un pequeño cambio en las tarifas realmente puede modificar el comportamiento. Esto lo hemos visto con el impuesto de congestión aquí en Estocolmo, cómo una tarifa de solo 10 o 20 SEK ($ 1 a 2) verdaderamente puede cambiar los patrones.

Y en electrodomésticos, la exención tributaria es bastante sustancial, ya que la mayor parte de la reparación es en realidad mano de obra, de modo que puede marcar una gran diferencia.

¿Es parte de eso un aumento del impuesto sobre nuevas heladeras, lavadoras y demás?
En realidad, es un impuesto sobre los productos químicos. De modo que si el electrodoméstico tiene productos químicos nocivos en el proceso de producción o se incorporan en él, habrá un recargo, pero si por el contrario disminuye la cantidad, puede obtener un recargo mucho menor o incluso no obtenerlo. Esto dará un incentivo a los productores para disminuir el uso de productos químicos nocivos, y sabemos que los electrodomésticos son una gran contribución para la cantidad que existen en el entorno diario.

¿Significa esto que está utilizando "impulsos", es decir, la economía del comportamiento?
Sí, hemos aumentado los recursos para ampliar nuestro conocimiento y experiencia acerca de los impulsos. La idea es ayudar a los sectores privados y municipales a utilizar impulsos para facilitar que los consumidores actúen de manera responsable y reduzcan su impacto ambiental con decisiones diarias.

¿Puede dar un ejemplo de un impulso que esté utilizando?
Cuando elige su plan de jubilación, existe una alternativa para desvincularse, una reserva donde tendrá altos estándares de sostenibilidad ambiental y social, de modo que incluso si no toma una decisión deliberada para usar un fondo ecológico, en realidad puede obtener un buen resultado de gran parte de la población que no invierte su tiempo y energía en tomar una decisión activa.

¿No dañará la economía si la gente compra menos?
No anticipamos que esto evite que la gente compre cosas en general, pero esperamos que sea más sencillo para la gente comprar productos de alta calidad debido a que saben que es asequible repararlos si algo se rompe. Por lo tanto, es un incentivo menor comprar lo más barato posible y después desechar algo.

Y también sabemos que las reparaciones implican un trabajo más intenso que la producción, la cual ha sido mayormente automatizada. De esta manera, incrementar las reparaciones puede ayudar a expandir un mercado laboral y disminuir el desempleo. En especial porque los servicios de reparación a menudo requieren cualificaciones de alto nivel pero no educación superior, de modo que creemos que hay una parte de la fuerza laboral desempleada actualmente que podría beneficiarse.

¿Estos trabajos se realizarán en Suecia en lugar de en el extranjero?
Por supuesto, es un impulso al mercado laboral local debido a que las reparaciones por naturaleza se realizan donde uno vive. Esperamos que esto contribuya al crecimiento de los empleos a nivel local en todo el país, considerando que la fabricación a gran escala es centralizada y solo puede darse en algunas ubicaciones a nivel nacional e internacional.

¿Es el objetivo de este plan reducir también las emisiones de otros países que no puede controlar de forma directa?
Desde luego. Hemos logrado disminuir bastante las emisiones en Suecia —en un 25 % desde la década de 1990— pero notamos que los efectos ambientales del consumo en realidad se mueven en la dirección opuesta: están en aumento. Y debido a que Suecia desea ser líder en el desarrollo sustentable a nivel mundial, sentimos la responsabilidad de hacer lo que podemos a nivel nacional para disminuir el impacto del consumo. Y aumentar la compra de productos declarados ecológicos y el uso sustentable de los productos que compramos podría hacer una contribución valiosa a eso.

¿Qué piensa acerca de la jornada laboral de seis horas actualmente bajo prueba en Suecia?
No existe un sistema nacional, pero los municipios y empleadores privados lo han probado y, en general, lo consideran bastante beneficioso para la fuerza laboral. Experimentan mejores condiciones de trabajo y se pueden observar los efectos en lo que se refiere a la salud, ya que hay menos días de enfermedad. Estamos investigando eso.

¿Qué opina de las compras cada vez más sustentables en el futuro?
Notamos que los consumidores están cada vez más preocupados y más activos, y muestran en la práctica que desean ser parte de la solución. Hemos observado incrementos del 40 % en cuanto respecta a las ventas de productos de comercio justo, por ejemplo, y eso es un buen avance. Es realmente alentador y creo que es el comienzo de algo.

Y lo que realmente creo que cambiará los patrones de consumo es el crecimiento de la economía compartida, que tiene muchos beneficios para el ser humano: obtener un fácil acceso a cosas como vehículos sin la responsabilidad de la propiedad y el mantenimiento. Eso podría marcar un gran cambio.

Alexander Starritt
Editor, Apolitical
Foro Económico Mundial
04 Noviembre 2016

Por qué las grandes petroleras siguen invirtiendo en Venezuela pese a la crisis y los riesgos

Imagen: REUTERS/Marco Bello
Las nacionalizaciones del pasado y la crisis actual han golpeado a las grandes compañías internacionales del sector, pero no hasta el punto de hacerlas renunciar a los miles de millones de dólares futuros que se esconden bajo el suelo de Venezuela.

Un ejemplo: en 2008, al año de ser expropiada y mientras mantenía una batalla jurídica contra el gobierno, una gran compañía estadounidense invertía un par de millones de dólares para comprar el sobre de información sobre la apertura de la faja del Orinoco, la zona del noreste de Venezuela donde está la mayor reserva certificada de petróleo del mundo.

"A pesar de haber sufrido confiscaciones y nacionalizaciones quizás más agresivas que las que se han producido en otros países, las empresas van a seguir invirtiendo", afirma a BBC Mundo el economista Alejandro Grisanti.

Esas reservas en el subsuelo suponen un atractivo enorme para empresas como la rusa Rosneft, la española Repsol, la estadounidense Chevron, la italiana ENI, la india ONGC y la china CNPC, entre otras.

"En la faja del Orinoco tienes empresas que representan a los diferentes países que componen el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, lo que da una idea de la visión estratégica y comercial de las inversiones en la faja petrolífera del Orinoco", afirma a BBC Mundo el economista Fernando Travieso, experto en la industria de hidrocarburos.

Casi todas las grandes firmas del sector tienen presencia en Venezuela. Faltan las estadounidenses ConocoPhillips y ExxonMobil, que en 2007 no aceptaron el decreto de nacionalización del gobierno de Hugo Chávez que ordenaba la formación de empresas mixtas con el sector privado en las que el gobierno tendría la mayoría.

Eso llevó a expropiaciones, litigios e indemnizaciones, ya solventados en el caso de ExxonMobil, pero aún no en el de ConocoPhillips. Las demás siguen en Venezuela, aunque no ajenas a los problemas del país.

El funcionamiento general de las compañías mixtas consiste en que el petróleo y el gas extraídos pasan a manos de PDVSA, la compañía estatal venezolana, que se encarga de la exportación y del reparto posterior de dividendos a la empresa privada.

Esos dividendos ahora tardan en llegar. Pero, ¿a qué se deben las dificultades que las compañías lamentan casi siempre en voz baja?

La respuesta es la situación de la compañía estatal PDVSA. "No puede pagar, se quedaron sin plata", afirman a BBC Mundo las fuentes anónimas, que señalan que los retrasos comenzaron con la caída de los precios del crudo a partir de 2014.

PDVSA, que niega estar en problemas, es mucho más que una petrolera. En un país en el que el crudo supone US$97 de cada US$100 que entran a Venezuela y que importa casi todo, incluidos los alimentos, la compañía es la base de la economía del Estado.

El "banco" PDVSA
Los analistas coinciden en que es un "banco" para el país. El dinero que llega del petróleo ayuda a financiar los planes sociales del gobierno de Nicolás Maduro y ahora, en tiempos de grave crisis económica, también a comprar alimentos.

Así lo reconoce la propia PDVSA, según el prospecto que la compañía mostró a inversionistas durante la reciente operación de canje de bonos que sirvió para diferir pago de deuda y aliviar el flujo de caja.

"Estamos requeridos por la ley venezolana a hacer significativas contribuciones a programas sociales", decía el documento, según el portal venezolano Prodavinci.

"Entre el 2011 y el 2015, las contribuciones sociales promediaron el 14% de nuestros ingresos (…). No podemos asegurarles que las contribuciones no vayan a aumentar en el futuro y a tener un impacto material en nuestro negocio, resultado operacional o nuestra posición de liquidez y en la capacidad de honrar compromiso financieros u otros pagos".

Esas contribuciones no son ahora tan sostenibles con la caída de los precios del petróleo, que se cifra en un 50% desde 2014.

Según los números que la petrolera estatal venezolana PDVSA reporta a la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP), a partir del máximo de 3,20 millones de barriles diarios (mb/d) registrados en septiembre de 2008, la producción de crudo de la estatal empezó a declinar.

A fines del año pasado era de 2,57 mb/d y en agosto de este año cayó hasta 2,33 mb/d.

Los analistas achacan este descenso a la falta de inversiones y de mantenimiento de una compañía que no sólo se dedica al petróleo.

La formula es crítica para PDVSA: menos producción, petróleo más barato y mayores contribuciones a otras partidas del Estado por la crisis. Y eso repercute en los beneficios de las grandes petroleras.

"Exposición"
La española Repsol, por ejemplo, cifró a fecha 30 de septiembre una exposición patrimonial en Venezuela de 2.300 millones de euros (US$2.476 millones).

En el ultimo informe ante el supervisor bursátil español calificó la venezolana de "una economía hiperinflacionaria".

Y al cierre del ejercicio de 2015, según los medios españoles, Repsol registró en su balance un deterioro de 408 millones de euros en Venezuela.

Las razones: "No sólo el descenso de los precios del crudo, sino también las incertidumbres asociadas a la situación económica y cambiaria en Venezuela".

Pese al riesgo, la empresa firmó a comienzos de octubre con PDVSA un acuerdo por el que la compañía española invertirá US$1.200 millones con el objetivo de "duplicar" la producción de la empresa mixta que comparten, según dijo el ministro del Petróleo y presidente de PDVSA, Eulogio del Pino.

"PDVSA les deja (a las trasnacionales) todo el esfuerzo de inversión y luego las ganancias se las reparten. Es una sociedad desigual", critica el economista Asdrúbal Oliveros en conversación con BBC Mundo.

Reservas probadas
Sin embargo, el riesgo para Repsol y para otras empresas merece la pena en un país rico en crudo y en gas.

"En Venezuela, las reservas están probadas, los costos de producción son sumamente bajos y el potencial energético es superior o igual al de Arabia Saudita, que es el principal productor del mundo", explica el experto Alejandro Grisanti a BBC Mundo.

La faja petrolera del Orinoco no sólo tiene las mayores reservas del mundo, sino que éstas se hallan a escasa profundidad, por lo que su extracción resulta fácil.

A eso hay que sumar que la infraestructura, algo deteriorada, según los críticos, ya está construida, que el clima es siempre bueno y que, pese al conflicto político entre gobierno y oposición, es un país relativamente seguro. Sobre todo si se compara con los que están en guerra de Medio Oriente y África.

Además, lo difícil es entrar en el país, por lo que una vez dentro del mercado y ya obtenidas las licencias del gobierno, conviene quedarse y evitar posibles expropiaciones, aunque ahora haya que reducir la producción y minimizar gastos.

El objetivo es "evitar seguir incurriendo en pérdidas y sostener la operaciones", opina el economista, que asegura que las petroleras están en una especie de "control de daños" a la espera de que mejoren las condiciones con el actual o con otro gobierno.

"Creo que producir petróleo en Venezuela es muy barato y sencillo. La potencialidad del país hace que se sigan quedando en Venezuela con la esperanza de una reapertura del sector petrolero", agrega el economista Alejandro Grisanti.

El factor político
Y más allá de la mayor o menor rentabilidad económica entra en juego la política. China, Rusia e India compran a través de sus petroleras deuda del gobierno de Venezuela, que a su vez otorga a estos países, por ejemplo, nuevas licencias de explotación de hidrocarburos o de minerales.

Image copyrightAFPImage captionEl presidente Nicolás Maduro recibió una espada como obsequio de parte de Igor Sechin, director ejecutivo de la rusa Rosneft.

El 7 de octubre se evidenció el valor político que tiene el petróleo en Venezuela. El presidente Nicolás Maduro e Igor Sechin, director ejecutivo de Rosneft, inauguraron en Sabaneta, la ciudad natal de Hugo Chávez, un gimnasio cubierto y una estatua de 6 metros del fallecido presidente.

Ambas obras fueron un obsequio de la petrolera estatal rusa, cuya presencia en Venezuela crece conforme se refuerzan los lazos entre Caracas y Moscú.

BBC Mundo
Foro Económico Mundial
17 Noviembre 2016

El crecimiento sostenible es el único camino realista

Imagen: REUTERS/Kai Pfaffenbach
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

Hoy la gran decepción de la economía mundial es la baja tasa de inversión. En los años que precedieron a la crisis financiera de 2008, el gasto en vivienda y en consumo privado fue el motor del crecimiento en los países de altos ingresos. Cuando estalló la crisis, los dos tipos de gasto se desplomaron, y las inversiones que deberían haber ocupado su lugar nunca se materializaron. Esto debe cambiar.

Después de la crisis, los principales bancos centrales del mundo trataron de revivir el gasto y el empleo recortando las tasas de interés. La estrategia funcionó, hasta cierto punto. Al inundar los mercados de capitales con liquidez y mantener deprimidos los tipos de interés del mercado, las autoridades alentaron a los inversores a impulsar una suba de las cotizaciones de acciones y bonos. Esto creó riqueza financiera en la forma de plusvalías, al tiempo que estimuló el consumo y (por la vía de las ofertas públicas iniciales) algo de inversión.

Pero esta política llegó al límite, y generó costos innegables. Los tipos de interés nulos o incluso negativos alentaron a los inversores a pedir prestado con fines altamente especulativos. Esto llevó a que la calidad general de las inversiones disminuyera y aumentara el apalancamiento. Cuando los bancos centrales finalmente restrinjan el crédito, habrá riesgo real de una importante desvalorización de los activos.

A la par que la política monetaria se llevaba al límite, faltó un aumento de la inversión a largo plazo en trenes de alta velocidad, rutas, puertos, fuentes de energía no contaminantes, saneamiento y potabilización del agua, salud y educación. Pero en general, en los países de altos ingresos hubo una reducción de este tipo de inversiones, debida a las medidas de austeridad fiscal (que obstaculizaron la inversión pública) y a una gran incertidumbre respecto de las políticas públicas y la tributación internacional (que obstaculizó la inversión privada).

A pesar de las promesas del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, de invertir en trenes de alta velocidad y otras infraestructuras modernas, durante los ocho años de su presidencia no se tendió ni un kilómetro de vías férreas rápidas. Es hora de convertir las palabras en acciones (en Estados Unidos y el resto del mundo) y dar inicio a una nueva era de inversión masiva en desarrollo sostenible.

Esta estrategia demanda resolver tres desafíos: la identificación de los proyectos correctos; la elaboración de planes complejos que involucrarán a los sectores público y privado (y muchas veces, a más de un país); y cómo estructurar la financiación. Para tener éxito, los gobiernos tendrán que ser muy eficaces en la planificación, presupuestación e implementación de proyectos a largo plazo. China demostró en los últimos veinte años que tiene estas capacidades (pero con grandes falencias en materia medioambiental), mientras que Estados Unidos y Europa tuvieron problemas para avanzar. En tanto, los países más pobres a menudo ni lo intentaron, por recomendación del Fondo Monetario Internacional y otros organismos.

Hoy los gobiernos tienen algo a favor para superar al menos uno de los desafíos clave: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París sobre cambio climático pueden ayudarlos a elegir los proyectos correctos.

El mundo necesita inversiones masivas en energía no contaminante (junto con detener la construcción de nuevas centrales termoeléctricas a carbón) y en la adopción de vehículos eléctricos (y baterías mejoradas), más una rápida reducción del uso de vehículos con motor de combustión interna. Los países en desarrollo, en particular, también necesitan grandes inversiones en proyectos de saneamiento y potabilización del agua en áreas urbanas de rápido crecimiento. Y para los países de bajos ingresos es fundamental ampliar los sistemas de salud y educativos.

La iniciativa “un cinturón, una ruta” de China (que busca vincular Asia con Europa mediante redes de infraestructura modernas) ayudará a promover algunas de estas metas, siempre que los proyectos se diseñen pensando en un futuro de energía no contaminante; impulsará el empleo, el gasto y el crecimiento, especialmente en las economías eurasiáticas sin salida al mar; y puede revitalizar las relaciones económicas y diplomáticas entre la Unión Europea, Rusia y China.

África necesita con urgencia un programa similar. Si bien los países africanos ya identificaron inversiones prioritarias en electrificación y transporte, el progreso será lento si no se cuenta con una nueva ola de fondos para invertir.

El conjunto de los países africanos debería invertir en infraestructuras al menos cien mil millones de dólares más al año; y sólo en educación se necesita un incremento anual algo inferior (del orden de un dígito menos). Estas necesidades deberían cubrirse sobre todo con préstamos a largo plazo y a interés reducido otorgados por China, Europa y Estados Unidos, además de movilizar el ahorro a largo plazo de los países africanos (por ejemplo, mediante la introducción de nuevos sistemas de pensiones).

Estados Unidos y Europa también necesitan grandes programas de infraestructura nuevos. En Estados Unidos (donde el último gran proyecto de infraestructuras, el sistema nacional de autopistas, concluyó en los setenta) hay que hacer hincapié en invertir en energía limpia, trenes de alta velocidad y la adopción masiva de vehículos eléctricos.

En cuanto a Europa, su programa para los ODS debería ser el Plan de Inversiones de la Comisión Europea (apodado “Plan Juncker”, en referencia a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión). Por ejemplo, la UE debería concentrarse en crear una red paneuropea de transmisión de energía limpia y en un aumento masivo de la generación de energía a partir de fuentes renovables.

Para ayudar a financiar estos programas, los bancos multilaterales de desarrollo (como el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Africano de Desarrollo) deberían aprovechar los bajos tipos de interés actuales para tomar muchísima más deuda a largo plazo en los mercados de capitales, y luego prestar esos fondos a gobiernos y entidades de inversión público‑privadas.

Los gobiernos deberían gravar el carbono según un esquema gradualmente creciente, y usar lo recaudado para financiar las energías limpias. Y hay que resolver las lagunas notorias del sistema global de tributación corporativa, lo que permitiría aumentar unos 200 000 millones de dólares al año (o más) la recaudación mundial del impuesto a las corporaciones. (Hoy las empresas estadounidenses están sentadas sobre casi dos billones de dólares en fondos offshore por los que en algún momento deberán tributar.) La recaudación adicional debería asignarse a nuevas inversiones públicas.

Para los países más pobres, buena parte de la inversión necesaria debe proceder de un aumento de las ayudas oficiales al desarrollo. Hay varios modos de generar los fondos necesarios: reducir el gasto militar (lo que incluye poner fin a las guerras en Medio Oriente); un firme compromiso contra una nueva generación de armas nucleares; que Estados Unidos recorte el gasto en bases militares en el extranjero; y evitar una carrera armamentista entre Estados Unidos y China, por medio de una mejora de la diplomacia y la cooperación. El dividendo de paz resultante debería canalizarse hacia la atención de la salud, la educación y la inversión en infraestructuras en las regiones hoy azotadas por la guerra y la pobreza.

El desarrollo sostenible no es un mero deseo ni un eslogan: es el único camino realista hacia el crecimiento y la creación de empleos a escala global. Es hora de darle la atención (y las inversiones) que merece.

Jeffrey D. Sachs
Profesor de Sustainable Development, Columbia University
Foro Económico Mundial
01 Noviembre 2016

27 de noviembre de 2016

Las 7 innovaciones más revolucionarias de energía limpia


Virtualmente todos los récords de energía limpia en el mundo se han roto el último año. La mayor inversión en energía limpia (329 mil millones de dólares en 2015), la mayor capacidad renovable nueva (un tercio más que en 2014), la energía solar más barata que nunca (en Chile cuesta la mitad que el carbón), el mayor periodo de tiempo que un país ha usado exclusivamente electricidad renovable: 113 días este verano en Costa Rica.

La velocidad del cambio a una economía limpia es sorprendente. Este año, se han instalado medio millón de paneles solares por día, mientras que China ha levantado dos turbinas eólicas por hora. Granjas eólicas en Dinamarca, granjas solares en Marruecos, granjas de olas en Escocia. Donde sea que mire, se está llevando a cabo un esfuerzo mundial sin precedentes.

Nunca antes nuestra especie ha contemplado una tarea tan vasta. Y cuando se escriba la historia de este gran cambio ambiental, seguramente se contará como una historia de tecnólogos, de activistas, de Elon Musks salvando al mundo de sí mismo. Aunque, de hecho, nadie juega un papel tan importante como el gobierno, el único tipo de institución que hemos desarrollado que puede coordinar un esfuerzo de esta magnitud y que es, básicamente, el responsable de llevarlo a cabo.

Jigar Shah, fundador de la empresa global de energía limpia SunEdison y, más recientemente, inversor de la compañía Generate Capital, sostuvo lo siguiente: “Cuando uno piensa en la difusión de la tecnología, como el iPhone, en realidad vemos que nada ha sido reemplazado. No era algo que las personas tan siquiera consideraran una necesidad hasta que lo tuvieron. Era un terreno sin desarrollar. Pero la energía limpia proporciona exactamente el mismo servicio del que usted ha dependido por cien años: kilovatios por hora. Entonces, ¿cómo llegamos al 100 % de energía limpia? La única respuesta es la regulación de los gobiernos”.

Aquí hemos revisado infinidad de iniciativas, planes, proyectos y objetivos con el fin de seleccionar las innovaciones más revolucionarias de todo el mundo, tanto para darle crédito a lo que vale la pena como para servir de ejemplo.

1. Red eléctrica de Texas
Si Texas fuera un país, sería el sexto generador más grande del mundo de energía eólica, detrás de España. Esto se debe en parte a los vientos consistentes y también a que el estado construyó un sistema de transmisión gigantesco para transportar la energía desde el desolado noroeste a las metrópolis del sur y del este. Las líneas de energía se acordaron en 2007, con un costo aproximado de 7 mil millones de dólares. Con el incentivo de los subsidios federales para la energía eólica, las compañías privadas han proliferado en todo el estado, de modo que en un día ventoso de invierno, más del 40 % de la electricidad se origina en las turbinas.

Pero incluso la red eléctrica de Texas está llegando a su máxima capacidad, trayendo el mismo problema que ha surgido en Alemania, uno de los pioneros de la energía renovable a gran escala. A principios de este año, el gobierno alemán debió anunciar medidas para reducir la velocidad de la construcción de sistemas de recursos renovables, en especial de turbinas eólicas mar adentro, ya que habían superado la capacidad de fabricación de cables para transportar la energía desde la costa del norte a las ciudades del sur. Entretanto, China ha propuesto una súper red eléctrica mundial de largo alcance que cubra todo, desde el viento del Ártico hasta la luz solar del Ecuador, con un costo aproximado de 50 billones de dólares y cuya construcción terminaría en 2050.

2. Prohibición de los combustibles fósiles
Ya nadie quiere carbón. Algunos países como el Reino Unido y los Países Bajos han anunciado sus planes para cerrar sus flotas de carbón cuanto antes, y en mayo de este año, el Reino Unido usó energía sin recurrir al carbón por primera vez desde su primera estación de energía de vapor abierta en 1882. En los Estados Unidos también, las regulaciones están llevando a la industria del carbón a la extinción: 94 fábricas que usaban carbón como combustible cerraron en 2015 y otras 41 cerrarán a fines de este año. En conjunto, equivalen a todas las fábricas que utilizan carbón en Kentucky y Colorado.

También ha habido algunos intentos que tienden a prohibir el petróleo. Noruega, Dinamarca y los Países Bajos han considerado propuestas para prohibir los vehículos de combustión interna para 2025. Y pocas semanas atrás, el Consejo Federal de los Estados de Alemania, no olvidemos que es el país de BMW, Porsche, Volkswagen, Mercedes y Audi, votó a favor de prohibir los vehículos que usan gasolina y diésel antes de 2030. El voto no es vinculante, pero inmensamente importante para marcar la dirección hacia donde van las cosas.

Dicho esto, la Agencia Internacional de la Energía calculó que los subsidios mundiales a los combustibles fósiles en 2014 eran de 493 mil millones de dólares. Y el FMI calcula que si a esta cantidad se le suman los costos que asumen los gobiernos debido a la polución que causa enfermedades y el cambio climático, los subsidios totales alcanzarían a 10 millones de dólares por minuto. En 2009, el G20 se comprometió a eliminarlos gradualmente y no lo hicieron. Este año, el G7 hizo la misma promesa y no la ha cumplido.

3. La tecnología de mañana
En las charlas sobre el clima en París, los presidentes Obama, Modi y Hollande, junto con Bill Gates, anunciaron que 20 países duplicarían sus presupuestos para la investigación de energía limpia en los siguientes cinco años, hasta 2020. El grupo de Mission Innovation que incluye a los países más poblados del mundo, China, India, Estados Unidos, Indonesia y Brasil, declaró, en junio, que dispondría de más de 30 mil millones de dólares para la investigación de nuevas tecnologías que harían posible la transición de la energía.

Cameron Hepburn, Profesor de Economía Ambiental en la Universidad de Oxford, dijo que “la tecnología que implementaremos dentro de 20 años será la que estamos desarrollando ahora".

Bill Gates estuvo en la escena porque junto con, entre otros, el director ejecutivo de Amazon, Jeff Bezos, y el filántropo George Soros, han formado la Breakthrough Energy Coalition (Coalición para el Avance Energético), y juntado 20 mil millones de dólares para invertir en empresas de energía limpia de alto riesgo que no atraen a los inversores tradicionales y hacerlas comercialmente viables.

4. Estaciones de servicio eléctricas
Alrededor de la quinta parte de las emisiones de gas que producen el efecto invernadero proviene de los vehículos y la solución más factible es la sustitución del vehículo de combustión por el eléctrico (impulsado por una fuente de energía limpia).

Con el fin de cambiar a una infraestructura de transporte construida coches eléctricos, el año pasado, Rusia obligó a todas las estaciones de servicio a incluir un puerto de carga eléctrica. La administración de Obama está invirtiendo 4,5 mil millones de dólares para crear una red de costa a costa para alentar a los consumidores a usar electricidad.

Un sondeo llevado a cabo por Nissan descubrió que Japón ya cuenta con más puertos de carga para coches a electricidad que estaciones de servicio tradicionales, y varios informes predicen que los coches eléctricos predominarán en 2030. También es interesante mencionar que Reino Unido y Corea del Sur están probando “autopistas eléctricas” que recargan a los coches que pasan sobre ellas.

5. Ahorrar en el gasto energético
En 2014, una mejor aislación, electrodomésticos más eficientes y más ahorro de combustible hicieron que la Unión Europea ahorrara tanta energía como la que se usa en toda Finlandia. Y Finlandia es un país frío. La eficiencia energética es obviamente mucho menos divertida que una planta solar nueva y brillante, o un auto deportivo Tesla, pero las ganancias potenciales son enormes.

El Profesor Martin Beniston, Director del Instituto de Ciencias Ambientales de la Universidad de Ginebra, dijo: “Cuando pensamos en energía, siempre pensamos acerca de generarla. Pero se estima que las ciudades europeas podrían verdaderamente ahorrar 60 % de su consumo de energía modernizando las oficinas, casas y los bloques de departamentos. Si gran parte de esto pudiera lograrse, no serían necesarias más fuentes de energía para proveer a las casas, oficinas, etc.”.

6. Red eléctrica nacional
El mes pasado, el Reino Unido se convirtió en el primer país que transmitió datos a través de la red eléctrica nacional con éxito. Si esto funciona, significará que la red eléctrica puede equilibrar las fluctuaciones en el suministro y la demanda que perturban a la energía renovable. Funciona de manera tal que la información y la energía se envían por el mismo cable, al igual que un cable USB, lo que significa que la electricidad podría tener un precio diferente en los diferentes puntos de la red. Así, si hubiera una caída en el suministro debido a que, por ejemplo, un banco de nubes ha cubierto los paneles solares de todo el país, el precio subiría. Y usted podría configurar sus electrodomésticos de manera que, si el precio supera cierto límite, cambie a batería o a modo de ahorro de energía. De esta forma, la demanda caería, evitando el exceso de tensión en la red eléctrica.

7. Un precio sobre el dióxido de carbono: o al menos un impuesto
Durante el último par de años, China ha utilizado siete políticas ecológicas diferentes para el carbón, y ha hecho planes similares para lanzar una política ecológica sobre emisiones en todo el país en 2017; mientras que la Unión Europea tiene una política de emisiones que cubre 11 000 fábricas, usinas eléctricas y otras instalaciones.

No obstante, el desarrollo que más toma en cuenta el futuro está en Canadá, que ha desvelado planes de recaudación fiscal de diez dólares canadienses (alrededor de 7,50 USD) por tonelada de carbón emitido en 2018. Una cantidad que ascendería a alrededor de 37,50 USD en 2022.

El objetivo de todo esto es integrar los costos sociales del carbón en la economía, para que influya en las decisiones de las personas a quienes no les preocupa el cambio climático.

Kate Gordon, Vicepresidente de Climate en el Paulson Institute, que se especializa en economía sostenible le dijo a Apolitical, “No creo que la mayoría de las empresas puedan pensar sobre los impactos en la salud debidos al cambio climático al establecer sus precios, pero los gobiernos pueden y deben hacerlo, porque ese es el tipo de problemas que ellos deben enfrentar. La medida económica fundamental es de alguna manera internalizar los riesgos del carbón y encontrar la forma de convertir esto en un tema político en todos los países, tanto sea por medio de impuestos o políticas ecológicas, o de otra forma, para que las personas actúen teniendo en mente los impactos a corto y largo plazo”.

Este artículo fue publicado en colaboración con Apolitical

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no del Foro Económico Mundial.

Alexander Starritt
Editor, Apolitical
Foro Económico Mundial
25 Noviembre 2016

Las ciudades están al frente del cambio climático. Deben adaptarse o morir 



Las ciudades son el anclaje de la civilización humana. Hacia el 2050, casi tres cuartos de la humanidad vivirán en una. Si bien ofrecen oportunidades excepcionales para la prosperidad, la creatividad y el bienestar, las ciudades del futuro también afrontarán grandes desafíos relacionados con la pobreza, la desigualdad y la debilidad. Las decisiones tomadas por líderes urbanos en la próxima década determinarán la habitabilidad (e incluso la supervivencia) de las ciudades en el planeta.

Un factor que une a las ciudades es que todas ellas sufrirán los efectos del cambio climático. La mayoría experimentará niveles crecientes de exposición a inundaciones, escasez de agua, tormentas y estrés por calor. La gravedad del riesgo estará mediada por su ubicación, ya sea en el litoral o en el interior, pero también por el grado de su preparación. Los gobiernos, las empresas y los grupos de la sociedad civil tienen ahora la oportunidad de diseñar la capacidad de recuperación de nuestras ciudades, pero ninguna ciudad es inmune a la tormenta inminente.

De hecho, la mayoría de las ciudades ya están en la primera línea del cambio climático. En la actualidad, al menos el 70 % de ellas enfrentan desastres repentinos e impactos ambientales a largo plazo. Se enfrentan a una serie de desafíos relacionados que van desde pandemias de salud hasta el desplazamiento de poblaciones. La concentración masiva de personas en las ciudades durante las próximas décadas —en especial en África y Asia— casi con certeza agravará la congestión del tráfico, empeorará la calidad del aire y aumentará las cantidades de desperdicio.

Un pronóstico desalentador
¿Qué hace que las ciudades sean tan vulnerables? La geografía definitivamente cumple su rol. Más de la mitad de la población mundial vive a menos de 60 kilómetros del mar. Al menos tres cuartas partes de las grandes ciudades son costeras. La mayoría de estas ya están expuestas a la inundación incluso con elevaciones nominales en el nivel del mar o marejadas ciclónicas. Pero el futuro parece ser mucho peor. Climate Central ha proyectado los impactos de los aumentos de temperatura entre 1,5 - 4 °C para 266 ciudades costeras en las próximas décadas.

El pronóstico es urgente. Ciudades como Buenos Aires tendrán entre 520 000 y 2 440 000 personas (del 4 al 9 % de la población urbana) bajo el agua por el aumento del nivel del mar. En otras ciudades como Chittagong, las cifras son mayores: 1,8 y 6,9 millones de personas. Algunas ciudades desaparecerán completamente. Nantong en China verá entre 1,7 y 6,4 millones de personas desplazadas (del 27 al 99 % de la población). Entre el 80 y el 98 % de los residentes de Ámsterdam y La Haya estarán bajo agua dependiendo de la magnitud del aumento de la temperatura mundial. No requiere mucho esfuerzo imaginar la perturbación y los costos que este aumento de agua generará.


Las ciudades también son parte del problema. Si bien cubren solo el 2,6 % de la superficie mundial, dan cuenta de casi el 50 % de la población mundial y el 70 % de todas las emisiones de CO2. También son responsables de una cantidad desproporcionada de emisiones de gases de efecto invernadero. Además, también consumen casi dos tercios del suministro de energía mundial. La combustión de carburantes fósiles y la producción de cemento se consideran las causas principales. Los expertos en clima están modelando activamente los efectos combinados de estas emisiones, y el pronóstico no es alentador.

Aun así, las ciudades son una parte fundamental de cualquier solución para prevenir el cambio climático y mitigar sus efectos. Las medidas que se tomen en las ciudades pueden atenuar las emisiones de carbono de manera significativa y, al mismo tiempo, mejorar la calidad de vida de los residentes. Y a diferencia de los estados nacionales de acción más lenta, las ciudades son laboratorios de innovación y experimentación.

Las ciudades podrían comenzar por desarrollar planes de acción definidos. La mayoría de las ciudades en Latinoamérica, África y Asia crecieron a un ritmo vertiginoso. Incapaces de mantener el ritmo del crecimiento de la población, han sucumbido frente a la expansión urbana y el uso de energía que consume muchos recursos. Sin embargo, se requiere exactamente el enfoque opuesto a la urbanización. Y la inspiración para dicho enfoque posiblemente no provenga de Norteamérica (o incluso Europa) dado el alcance de la expansión urbana y el uso de recursos sustentables.

Las ciudades deben actuar ahora
El proyecto de New Climate Economy ha demostrado cómo la densidad urbana y las ciudades compactas pueden disminuir la huella de carbono. Pero las ciudades no necesariamente se inclinan en esta dirección de forma espontánea. Lo que se necesita es una legislación de planificación adecuada para incentivar la urbanización intensiva. Los códigos de construcción deben respaldar el crecimiento vertical y la infraestructura conectada, en especial el transporte público inteligente. Los incentivos fiscales y los subsidios deben respaldar el crecimiento ecológico, incluidas las fuentes de energía renovable como la eólica, la solar y los biocombustibles. Todas estas inversiones tienen la ventaja adicional de hacer que las ciudades sean más habitables y atraigan capital humano.

El gobierno municipal progresivo también es crítico para crear ciudades más resilientes. Como han señalado los teóricos de la democracia, los líderes municipales por lo general son más responsables ante sus votantes, en comparación con las contrapartes nacionales. La reforma financiera pública puede ayudar a las ciudades a tomar las medidas necesarias para planificar el cambio climático, incluidas la estimulación de la financiación privada para una infraestructura urbana más inteligente, programas de bajos niveles de carbono (p. ej. reciclado, tarifas de congestión) e inversión en nuevas tecnologías como la bioingeniería y la retención de carbono.

Las ciudades simplemente no pueden darse el lujo de retrasar la acción. Existe un riesgo real de que las ciudades de rápido crecimiento adopten modelos de planificación desactualizados que lleven a planes e infraestructura que requieren muchos recursos. La ventaja es que algunas ciudades exploran nuevas formas de colaboración para acelerar la acción climática. El C40 es un gran ejemplo de acción colectiva interurbana con casi 10 000 medidas para el cambio climático desde su fundación. Otros grupos como ICLEI, UCLG y Global Parliament of Mayors también impulsan el cambio desde la base.

Finalmente, el futuro del cambio climático reside en las decisiones tomadas por las ciudades en áreas con población y economías con el más rápido crecimiento. Enfrentan decisiones difíciles poco envidiables. Las inversiones en energía sucia (carbón, por ejemplo) pueden generar devoluciones a corto plazo, pero también pueden producir consecuencias devastadoras a largo plazo. Pueden ser más baratas, pero aseguran efectos climáticos con implicaciones en mortalidad y morbidez. WHO estima que 1 de cada 9 muertes en el mundo se produce a causa de la contaminación. Además, los costos de la contaminación en ciudadanos de países de la OCDE, China e India equivalen a 3,5 billones de dólares al año.

Algunas de las ciudades más prósperas del mundo ya están produciendo un cambio. Las ciudades que han crecido de forma más intensiva, reducido la congestión e introducido una planificación urbana inteligente han eliminado las emisiones de carbono al tiempo que atraen trabajadores móviles y altamente calificados. Ciudades como Estocolmo y Copenhague han reducido sus emisiones entre un 35 y 40 %, mientras que sus economías han crecido entre un 40 y 50 %. Tras varios años de mal desempeño, los líderes de ciudades como Hong Kong y Seúl, o Los Ángeles y Nueva York también siguen el ejemplo.

La medida real del éxito comienza cuando los líderes inteligentes de las ciudades de mayor crecimiento comienzan a marcar el ritmo.

Robert Muggah
Research Director, Igarapé Institute
Foro Económico Mundial (World Economic Forum)
04 Noviembre 2016

La Cuarta Revolución Industrial está aquí. ¿Cuáles serán sus leyes?


La Cuarta Revolución Industrial está ante nosotros, pero si no la regulamos adecuadamente, no se alcanzará su completo potencial económico y social. Entonces, ¿cómo crear una infraestructura jurídica para algo tan nuevo y complejo?

Preguntamos a Gillian K Hadfield, profesora de derecho y economía de la Universidad del Sur de California y autora de Rules for a Flat World: Why Humans Invented Law and How to Reinvent It for a Complex Global Economy (Reglas para un mundo plano: por qué los seres humanos inventaron la ley y cómo reinventarla para una economía mundial compleja).

¿Por qué importa la reglamentación para la Cuarta Revolución Industrial?
Porque si no la regulamos, no sucederá. Muchas veces se considera que el progreso económico sucede independientemente del ambiente de gobernabilidad. El razonamiento es: la Cuarta Revolución Industrial ocurrirá de todos modos. Y si podemos resolver cómo regularla, ocurrirá de mejor manera. La reglamentación es como la frutilla del postre. Creo que ese es un enfoque equivocado.

Pensemos en la reglamentación como una forma de infraestructura: la infraestructura jurídica, la plataforma casi invisible de reglas y prácticas que subyacen a toda nuestra actividad económica e interacciones sociales, que nos permiten cooperar y planificar. Al igual que otros tipos de infraestructura, es una condición sine qua non del progreso económico.

Alrededor de cuatro mil millones de personas en los países de bajos ingresos no tienen una buena infraestructura jurídica, y esto es parte del motivo por el cual siguen siendo países de bajos ingresos. La infraestructura jurídica en los países avanzados funcionó lo suficientemente bien para los Estados nación anteriores a las computadoras, pero no está funcionando para seguir el ritmo de un mundo hiperconectado y que cambia rápidamente.

¿Quiénes serán los protagonistas fundamentales en la construcción de la infraestructura jurídica que necesitamos para la Cuarta Revolución Industrial?
Esa es una pregunta que muchas veces se pasa por alto. Se suele pensar que la parte difícil de reglamentar la Cuarta Revolución Industrial está en acordar qué queremos que digan nuestras reglas. Pero entonces se plantea una parte más difícil: poner en práctica esas reglas cuando el espacio que deseamos que regulen es tan nuevo y complejo.

Los gobiernos no suelen tener la experiencia necesaria. Los innovadores la tienen, pero la autorregulación tiene sus límites. La historia nos enseña que los mercados funcionan mejor cuando son debidamente regulados por instituciones responsables.

¿Existen nuevas tendencias emergentes para resolver este dilema?
Durante un par de décadas aproximadamente, tuvimos lo que se llama la “nueva teoría de la gobernabilidad”, la idea de que los gobiernos no elaboran las leyes ellos mismos, sino que definen lo que quieren que las leyes logren y les piden a las entidades que se verán afectadas por ellas que las redacten.

El “derecho al olvido” es un buen ejemplo de ello. Los tribunales europeos decidieron que las personas debían tener derecho a que, en los resultados de búsqueda en línea, se ocultaran las referencias personales. ¿Pero cómo hacerlo? Google está en condiciones mucho mejores de saberlo que cualquier gobierno. De modo que, básicamente, el tribunal dijo a Google: “Este el resultado esperado, ustedes determinen cómo hacer que funcione”.

Se puede dar un paso más adelante y hacer que los gobiernos les digan a los organismos del sector privado: “Ustedes calculen cuáles son los riesgos y dígannos qué se proponen hacer al respecto”. Pero creo que en realidad tenemos que incorporar cierta competencia e innovación en este proceso.

¿Cómo se haría eso?
Propongo que terceros comiencen a trabajar en cómo proveer la infraestructura jurídica. Tomemos el ejemplo de los vehículos sin conductor, sobre el que muchas jurisdicciones están debatiendo actualmente cómo manejar. Hay muchos tipos de problemas que nunca hemos tenido que pensar antes. ¿Qué evidencia de gestión de riesgos necesitamos antes de permitir los automóviles sin conductor en nuestras carreteras? ¿Quién es responsable cuando algo sale mal?

En lugar de que los gobiernos intenten redactar las leyes por sí mismos o de pedirles a las automotrices que lo hagan, supongamos que tenemos tres, cuatro o cinco organismos privados que digan: “Aquí presentamos un conjunto de normas sobre los vehículos sin conductor que cumplen los requisitos establecidos por los gobiernos”. Tendrían que persuadir a los fabricantes de automóviles para que se registraran a fin de ser regulados por él, y persuadir a los gobiernos para que lo aprobaran. Esto crea incentivos para la innovación de los medios más efectivos y menos costosos de lograr los objetivos y asegurar que los resultados tengan en cuenta el interés público.

¿Cuáles serían los incentivos para registrarse de los fabricantes de automóviles sin conductor?
Los gobiernos pueden exigirles que se registren. Pero más que esto: ellos quieren reglas. Hay una falsa idea muy extendida de que las empresas privadas quieren que los gobiernos las dejen hacer lo que quieran. Eso no es cierto. Si usted es un fabricante de automóviles sin conductor, quiere que el público tenga confianza en esos automóviles. Desea que los inversores tengan confianza en invertir dinero en esos automóviles. Y eso no va a suceder si, por falta de reglas, se arriesga a una serie de accidentes y a la mala publicidad.

En la Cuarta Revolución Industrial tendremos muchas de estas situaciones, en las que los protagonistas de ámbitos emergentes realmente quieren definir restricciones porque esas restricciones crearán valor para ellos. La pregunta es cuál es la mejor manera de definir la infraestructura jurídica que creará más valor.

¿Cómo imagina usted la gobernabilidad de la Cuarta Revolución Industrial con miras al 2030?
Hay una enorme presión para lograr reglas armonizadas a nivel mundial, y es fácil entender por qué: si se es una empresa internacional, es frustrante tener que lidiar con cientos o más conjuntos de normas diferentes. Las empresas desean poder decir, por ejemplo, “hemos sido aprobados en Alemania”, y que Japón, EE. UU. y el Reino Unido diga entonces “con eso nos basta”.

Puedo imaginar que para el 2030 habremos llevado eso al siguiente nivel y, como sostengo en mi libro, aproveché los incentivos del mercado para crear proveedores privados de normas que regulen la Cuarta Revolución Industrial: los gobiernos pueden elegir qué reguladores aprobar, y las empresas pueden elegir a qué regulador aprobado atenerse.

Eso sería una verdadera ayuda para las economías avanzadas que buscan maximizar los beneficios y enfrentar los riesgos de la Cuarta Revolución Industrial. Pero también crea un valor real para los cuatro mil millones de personas de todo el mundo, cuya falta de infraestructura jurídica los mantiene actualmente pobres y que probablemente permanecerán excluidos de los beneficios de la Cuarta Revolución Industrial.

Las opiniones expresadas en este artículo son del autor y no del Foro Económico Mundial.

Gillian K Hadfield
Richard L. and Antoinette Schamoi Kirtland Professor of Law and Professor of Economics, University of Southern California
World Economic Forum (Foro Económico Mundial)
23 Noviembre 2016