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28 de marzo de 2017

Industria automotriz: el colapso de la inversión

Las inversiones de los grandes fabricantes de automóviles se reducen dramáticamente, sobre todo en China y Europa Occidental. Una de las razones: la proyectada transición a la movilidad eléctrica.

Los principales fabricantes de automóviles redujeron el año pasado drásticamente las inversiones en nuevas o más modernas fábricas. Los proyectos de inversión cayeron un 45 por ciento: de 179 en 2015 a 98 en 2016. El valor de las inversiones se redujo incluso un 69 por ciento, de 52.500 a 16.300 millones de euros. Ese es el resultado de un estudio de la asesora de empresas Ernst & Young (E&Y), presentado este lunes (27.03.2017) en Fráncfort del Meno.

Luego de un año récord de inversiones 2016, los fabricantes han apretado a fondo el freno, sobre todo en Europa Occidental y China, donde el volumen de inversiones disminuyó en un 87 y un 79 por ciento respectivamente. En Estados Unidos, la reducción fue menor: de un 53 por ciento.

Número uno: Estados Unidos
Como ya el año pasado, el mayor volumen de inversión se registró en Estados Unidos: en 2016 fueron invertidos en nuevas plantas, estudios de diseño y centros de desarrollo 6.300 millones de euros (2015: 13.500 millones de euros). Los lugares dos y tres lo ocupan Hungría (1.600 millones) y Alemania (1.300 millones).Los siguientes lugares quedan en manos de China y Argentina, con sendos 1.000 millones de euros. En el estudio fueron consideradas las inversiones de los 16 principales grupos automotores del mundo.


El fuerte retroceso de la inversión es un indicio de la masiva transformación en el sector del automóvil. "La transición a la movilidad eléctrica llevará a masivos cambios en la cadena de creación de valor y la planificación de inversiones", dice Fabian Schuster, de E&Y. Y agrega: “Para la producción de coches eléctricos se necesitan menos y muy diferentes partes a las empleadas en los coches con motor de combustión interna, lo que supone cambios también en las plantas de producción y la infraestructura”. Ello supone, a su vez, que ahora deberán realizarse grandes inversiones en los sectores de investigación y desarrollo.



El derrumbe de los BRICS
Hasta 2012, los fabricantes de coches invirtieron sobre todo en países emergentes. Luego, pasaron al foco de atención los países industrializados tradicionales. Entre 2010 y 2012 fluyó hacia los países del BRIC –Brasil, Rusia, India y China– el 42 por ciento del total de inversiones mundiales en el sector. De 2014 a 2016, solo el 17 por ciento.

“Las grandes expectativas depositadas en el desarrollo de las ventas en los países emergentes no se cumplieron. Los mercados de Rusia y Brasil se hallan hasta hoy completamente estancados”, dice Peter Fuss, también de E&Y. Y agrega: “Por eso, en los últimos años las inversiones han vuelto a Estados Unidos y Europa. En 2016 fueron invertidos en los países del BRIC solo 1.700 millones de euros; en Estados Unidos y Europa, por el contrario, 11.600 millones en total”.

El “brexit” y la elecciones en EUA
También las actuales transformaciones derivadas del “brexit” y la elección de Donald Trump como presidente de Estados Unidos contribuyen a que los grupos de fabricación de automóviles se mantengan reservados en cuanto a nuevas inversiones.

“La situación es actualmente tan confusa que las empresas quieren mantenerse abiertas a todas las opciones. La consigna ahora es: no tomar decisiones precipitadas, mejorar la flexibilidad de las propias cadenas de producción y evitar decidirse definitivamente por determinados países y tecnologías de producción”, concluye el experto.

Klaus Ulrich (PK/DZC)
Deutsche Welle
28 Marzo 2017

28 de noviembre de 2016

El crecimiento sostenible es el único camino realista

Imagen: REUTERS/Kai Pfaffenbach
Este artículo se publica en colaboración con Project Syndicate.

Hoy la gran decepción de la economía mundial es la baja tasa de inversión. En los años que precedieron a la crisis financiera de 2008, el gasto en vivienda y en consumo privado fue el motor del crecimiento en los países de altos ingresos. Cuando estalló la crisis, los dos tipos de gasto se desplomaron, y las inversiones que deberían haber ocupado su lugar nunca se materializaron. Esto debe cambiar.

Después de la crisis, los principales bancos centrales del mundo trataron de revivir el gasto y el empleo recortando las tasas de interés. La estrategia funcionó, hasta cierto punto. Al inundar los mercados de capitales con liquidez y mantener deprimidos los tipos de interés del mercado, las autoridades alentaron a los inversores a impulsar una suba de las cotizaciones de acciones y bonos. Esto creó riqueza financiera en la forma de plusvalías, al tiempo que estimuló el consumo y (por la vía de las ofertas públicas iniciales) algo de inversión.

Pero esta política llegó al límite, y generó costos innegables. Los tipos de interés nulos o incluso negativos alentaron a los inversores a pedir prestado con fines altamente especulativos. Esto llevó a que la calidad general de las inversiones disminuyera y aumentara el apalancamiento. Cuando los bancos centrales finalmente restrinjan el crédito, habrá riesgo real de una importante desvalorización de los activos.

A la par que la política monetaria se llevaba al límite, faltó un aumento de la inversión a largo plazo en trenes de alta velocidad, rutas, puertos, fuentes de energía no contaminantes, saneamiento y potabilización del agua, salud y educación. Pero en general, en los países de altos ingresos hubo una reducción de este tipo de inversiones, debida a las medidas de austeridad fiscal (que obstaculizaron la inversión pública) y a una gran incertidumbre respecto de las políticas públicas y la tributación internacional (que obstaculizó la inversión privada).

A pesar de las promesas del presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, de invertir en trenes de alta velocidad y otras infraestructuras modernas, durante los ocho años de su presidencia no se tendió ni un kilómetro de vías férreas rápidas. Es hora de convertir las palabras en acciones (en Estados Unidos y el resto del mundo) y dar inicio a una nueva era de inversión masiva en desarrollo sostenible.

Esta estrategia demanda resolver tres desafíos: la identificación de los proyectos correctos; la elaboración de planes complejos que involucrarán a los sectores público y privado (y muchas veces, a más de un país); y cómo estructurar la financiación. Para tener éxito, los gobiernos tendrán que ser muy eficaces en la planificación, presupuestación e implementación de proyectos a largo plazo. China demostró en los últimos veinte años que tiene estas capacidades (pero con grandes falencias en materia medioambiental), mientras que Estados Unidos y Europa tuvieron problemas para avanzar. En tanto, los países más pobres a menudo ni lo intentaron, por recomendación del Fondo Monetario Internacional y otros organismos.

Hoy los gobiernos tienen algo a favor para superar al menos uno de los desafíos clave: los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) y el Acuerdo de París sobre cambio climático pueden ayudarlos a elegir los proyectos correctos.

El mundo necesita inversiones masivas en energía no contaminante (junto con detener la construcción de nuevas centrales termoeléctricas a carbón) y en la adopción de vehículos eléctricos (y baterías mejoradas), más una rápida reducción del uso de vehículos con motor de combustión interna. Los países en desarrollo, en particular, también necesitan grandes inversiones en proyectos de saneamiento y potabilización del agua en áreas urbanas de rápido crecimiento. Y para los países de bajos ingresos es fundamental ampliar los sistemas de salud y educativos.

La iniciativa “un cinturón, una ruta” de China (que busca vincular Asia con Europa mediante redes de infraestructura modernas) ayudará a promover algunas de estas metas, siempre que los proyectos se diseñen pensando en un futuro de energía no contaminante; impulsará el empleo, el gasto y el crecimiento, especialmente en las economías eurasiáticas sin salida al mar; y puede revitalizar las relaciones económicas y diplomáticas entre la Unión Europea, Rusia y China.

África necesita con urgencia un programa similar. Si bien los países africanos ya identificaron inversiones prioritarias en electrificación y transporte, el progreso será lento si no se cuenta con una nueva ola de fondos para invertir.

El conjunto de los países africanos debería invertir en infraestructuras al menos cien mil millones de dólares más al año; y sólo en educación se necesita un incremento anual algo inferior (del orden de un dígito menos). Estas necesidades deberían cubrirse sobre todo con préstamos a largo plazo y a interés reducido otorgados por China, Europa y Estados Unidos, además de movilizar el ahorro a largo plazo de los países africanos (por ejemplo, mediante la introducción de nuevos sistemas de pensiones).

Estados Unidos y Europa también necesitan grandes programas de infraestructura nuevos. En Estados Unidos (donde el último gran proyecto de infraestructuras, el sistema nacional de autopistas, concluyó en los setenta) hay que hacer hincapié en invertir en energía limpia, trenes de alta velocidad y la adopción masiva de vehículos eléctricos.

En cuanto a Europa, su programa para los ODS debería ser el Plan de Inversiones de la Comisión Europea (apodado “Plan Juncker”, en referencia a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión). Por ejemplo, la UE debería concentrarse en crear una red paneuropea de transmisión de energía limpia y en un aumento masivo de la generación de energía a partir de fuentes renovables.

Para ayudar a financiar estos programas, los bancos multilaterales de desarrollo (como el Banco Mundial, el Banco Asiático de Desarrollo y el Banco Africano de Desarrollo) deberían aprovechar los bajos tipos de interés actuales para tomar muchísima más deuda a largo plazo en los mercados de capitales, y luego prestar esos fondos a gobiernos y entidades de inversión público‑privadas.

Los gobiernos deberían gravar el carbono según un esquema gradualmente creciente, y usar lo recaudado para financiar las energías limpias. Y hay que resolver las lagunas notorias del sistema global de tributación corporativa, lo que permitiría aumentar unos 200 000 millones de dólares al año (o más) la recaudación mundial del impuesto a las corporaciones. (Hoy las empresas estadounidenses están sentadas sobre casi dos billones de dólares en fondos offshore por los que en algún momento deberán tributar.) La recaudación adicional debería asignarse a nuevas inversiones públicas.

Para los países más pobres, buena parte de la inversión necesaria debe proceder de un aumento de las ayudas oficiales al desarrollo. Hay varios modos de generar los fondos necesarios: reducir el gasto militar (lo que incluye poner fin a las guerras en Medio Oriente); un firme compromiso contra una nueva generación de armas nucleares; que Estados Unidos recorte el gasto en bases militares en el extranjero; y evitar una carrera armamentista entre Estados Unidos y China, por medio de una mejora de la diplomacia y la cooperación. El dividendo de paz resultante debería canalizarse hacia la atención de la salud, la educación y la inversión en infraestructuras en las regiones hoy azotadas por la guerra y la pobreza.

El desarrollo sostenible no es un mero deseo ni un eslogan: es el único camino realista hacia el crecimiento y la creación de empleos a escala global. Es hora de darle la atención (y las inversiones) que merece.

Jeffrey D. Sachs
Profesor de Sustainable Development, Columbia University
Foro Económico Mundial
01 Noviembre 2016

11 de noviembre de 2016

¿Qué aumentará la inversión económica para tecnologías neutras en carbono?

El cambio climático es una de las preocupaciones más apremiantes del siglo XXI. Pero cuando se trata de abordar el cambio climático, un nuevo estudio de Cogent Economics & Finance explorando los beneficios del monitoreo del flujo de carbono es un recordatorio oportuno de que el establecimiento de objetivos es sólo el comienzo.

Ahora que el Acuerdo de París ha reducido el nivel de emisiones de carbono que se considera aceptable, la necesidad de un sector energético descarbonizado es mayor que nunca. Aunque la tecnología existe para monitorear los flujos reales de carbono a nivel mundial, los sistemas actualmente utilizados para hacerlo son caros en un momento en que los recursos financieros públicos se estiran. En la búsqueda de esto, las tecnologías limpias deben ser apoyadas mientras que los combustibles fósiles son penalizados, con todo la incertidumbre en el precio del carbón hace difícil de fijar topes e imponer sanciones financieras. También hace que sea difícil crear un entorno de inversión estable y socialmente deseable que fomente tecnologías neutras en carbono.

Con ese fin, este artículo investiga las muchas maneras en que una mejor observación de los flujos reales de carbono puede ayudar a la política ambiental, la inversión económica y la toma de decisiones informada. El estudio encontró que los mejores sistemas de monitoreo podrían traer significativos ahorros de costos y otros beneficios, alentando así a los inversores y allanando el camino para alcanzar ambiciosos objetivos de cambio climático.

El estudio es el resultado de la colaboración de investigadores de varios institutos, a saber, el International Institute for Systems Analysis, el Mercator Research Institute on Global Commons and Climate Change, el Inversion Lab, Lund University, Fondazione Eni Enrico Mattei, Comenius University, Lviv Polytechnic National University, el Euro-Mediterranean Center on Climate Change (CMCC Foundation) y el Max-Planck-Institute for Biogeochemistry Los autores vienen con una variedad de antecedentes académicos, explorando temas en economía, matemáticas, teleobservación, silvicultura, física, bio-geoquímica, evaluación integrada del cambio climático y la mitigación del cambio climático.

Este artículo, "Los beneficios de invertir en la mejora de la supervisión del flujo de carbono", publicado en la revista de acceso abierto Cogent Economics & Finance, es libre de leer y descargar a través de este enlace permanente: ttps://www.cogentoa.com/article/10.1080/23322039.2016.1239672

Información bibliográfica completa:
The benefits of investing into improved carbon flux monitoring, J. Szolgayová, S. Fuss, T. Kaminski, M. Scholze, M. Gusti, M. Heimann & M. Tavoni, Cogent Economics & Finance (2016), 4: 1239672.

Taylor & Francis
10 Noviembre 2016